“Mi razón es sólida y no permitirá a los sentimientos
entregarse a sus desordenadas pasiones. Podrán las pasiones bramar y los deseos
imaginar toda clase de cosas vanas, pero la sensatez dirá siempre la última
palabra sobre el asunto y emitirá el voto decisivo en todas las
determinaciones. Podrán producirse violentos huracanes, impetuosos temblores de
tierra, ardorosas llamas, pero yo seguiré siempre los dictados de esa voz
interior que interpreta los dictados de la conciencia.”
Nuestra protagonista, ya desde el comienzo de la obra
y desde una temprana edad, aparece como una mujer con una personalidad bastante
firme y marcada, segura de sus creencias e ideales (y no me refiero
precisamente a las religiosas). Su lucha contra los convencionalismos de la época
se hace notable en toda la novela de Brontë. El hecho de que su temperamento se
mantenga en la misma línea desde que comienza su historia, es decir sin imposiciones ajenas, no significa tener que considerar a Eyre
como una niña rebelde y obcecada, sino como una persona fiel a su propia
identidad mental y espiritual.
En varios fragmentos de la historia observamos como
Eyre describe con total sensibilidad y pasión sus propios sentimientos,
llegando a mostrar una gran profundidad emocional. Quizá esto haya sido
motivado por el hecho de encontrarse "encerrada" en una sociedad y en
una familia dispuesta todavía por la moralidad patriarcal, religiosa y
tradicional. (Al fin y al cabo la sociedad pretende hacernos creer quien
debemos ser). Cuanto menos se le permite a Eyre mostrar sus ideales, más fuerte
se vuelve su personalidad. Vemos que no se trata entonces de una mujer bonita, coqueta
y con la mente puesta en meros caprichos como puede ser alguna de sus primas,
sino de una mujer inteligente, presa de las normativas sociales. Cree
firmemente en sí misma y por eso las decisiones que tome casi siempre serán las
acertadas para ella. En cuanto a la voz interior de la que habla en el
fragmento, en mi opinión se refiere a seguir su propio instinto, escuchar al
corazón y escuchar al espíritu. De ese modo consigue ser fiel a sus propias
ideas, sin dejar que "otras voces" ajenas interfieran.