lunes, 4 de mayo de 2015

Las clases sociales

En esta novela, que la protagonista sea una chica huérfana y sin fortuna adoptada por una familia acomodada, significa una clara crítica a la situación social y discriminación de clases en el siglo XIX. A pesar de ser Jane Eyre una chica formada, culta y con buenos modales, no deja de ser una institutriz, es decir, una empleada de baja clase social. De esa manera no tiene ningún poder. Esto se ve reflejado en la siguiente cita de la novela, en dónde la señorita Ingram, una joven bella y adinerada habla sobre la figura de la institutriz:

"Debería preguntar a mamá lo que piensa de las institutrices. Mary y yo tuvimos al menos una docena: la mitad eran completamente odiosas y la otra mitad, absolutamente ridículas. En conjunto, sin excepción, eran una verdadera peste"

Además, durante toda la historia hay un forcejeo entre los protagonistas y los convencionalismos sociales. El señor Rochester siempre trató de igual a Jane Eyre, no la consideró nunca como un ser inferior. Y Jane se da cuenta de ello. En el siguiente fragmento que ella le dice a Edward, se ve claramente la sensación que produce en ella Thornfield:

"Amo este lugar. Lo amor porque he vivido en él una vida deliciosa y plena, aunque haya sido por poco tiempo. Nadie me ha impuesto nada. Nadie me ha asustado. No me han asaltado sentimientos de inferioridad ni he sido excluida de la proximidad de todo lo que es brillante, hermoso, fuerte y elevado. He hablado con plena libertad, cara a cara, con alguien a quien admiro y con quien me divierto... con una mente original e ingeniosa. Le he conocido a usted, señor Rochester"

Otro momento en el que se ve esta lucha con las reglas sociales establecidas es cuando la mansión Thornfield recibe la visita de numerosos amigos perteneciente a familias acaudaladas de la zona. Aún así, el señor insiste en que Jane participe con su presencia en el salón dónde se iban a reunir todos. Es así como le comunicó la petición la ama de llaves:

"Cuando le comenté que usted no estaba acostumbrada a las reuniones sociales y que tal vez no se sintiera cómoda entre un grupo tan bullicioso de desconocidos, replicó, en ese tono cortante tan típico de él: «¡Tonterías! Si pone alguna objeción, dígale que es una orden, y, si persiste en su negativa, añada que iré a buscarla personalmente» "

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